La
educación para la primera infancia es concebida como un proceso continuo y
permanente de interacciones y relaciones sociales de calidad, oportunas y
pertinentes que posibilitan a los niños y a las niñas potenciar sus capacidades
y desarrollar competencias para la vida. Cuando el
niño nace, tiene todo un potencial de posibilidades por desarrollar. Lleva en
él muchas capacidades, pero éstas no se desarrollarán si no se las estimula
adecuadamente desde su entorno más cercano: padres, hermanos, familia; y, por
otro lado, su desarrollo depende de un medio físico suficientemente enriquecido
por estímulos de todo tipo (visuales, táctiles, auditivos, motrices, etc.),
los cuales harán trabajar los sentidos, alertando sus funciones y sus procesos.